Nací en Cuba. En Matanzas. Una ciudad de la isla habitada por el rumor de los ríos Yumurí y San Juan, por el salitre que trae la brisa del mar y por el aroma del pan con que el valle ampara su despertar.

Los días allí transcurren sin contratiempos esperando que la noche caiga para que las puertas se abran y los poetas pasen. Y en la madrugada, si los puentes que ayudan a transitarla son envueltos por la neblina del verano que casi siempre está, uno se detiene súbitamente a pensar en lo inalcanzable. Seguro que algo trágico pasó a la hora de nombrarla, pero Matanzas suena en mi mente como el eco de una música convocada por los ángeles traviesos y adolescentes. Un inolvidable concierto aplaudido a la sombra de los parques donde se declararon los amores prohibidos.

Matanzas en mi memoria es un lugar del cielo donde todo nació para mí. Un paisaje que me deslumbró siempre, sin importar de dónde viniera. El deseo que todavía me visita cuando el tiempo y la distancia se amarran de golpe en mi garganta. Una orilla donde el tiempo corre lento aún y los colores juegan con la luz que salta en el medio de la bahía. Ladera bendecida. Cuesta que obliga siempre a mirar atrás para no dejar ir lo que se pierde. Bajo su cielo mi madre estrenó la ilusión de sus primeros vestidos y mi padre encontró lo que buscaba. Se casaron en silencio una mañana de abril y huyeron antes que se corriera la voz. Durante ese primer viaje, él depositó su semilla en el fértil y virgen terreno de ella, que soñaba con la brisa cálida en Carolina del Norte cuando todavía faltaba Manhattan y el frío de River Side.

Claro que todo ese tiempo pasó y cuando ya no pudimos más, mi llanto se dejó escuchar por fin un mediodía de septiembre en el barrio de Versalles. Nos fuimos a vivir al campo, a la orilla de una carretera por donde pasaban autos, cerca del mar, detrás de una playa que se llama Varadero a la que antes había que llegar en carreta desde Cárdenas, otra ciudad de barcos y banderas. Allí por la calle Laborde, di mis primeros pasos en la música, de la mano de Ana María Bolet y Perlita Moré, dos figuras emblemáticas del mundo artístico de la ciudad. La primera por su solidez académica para enfrentar la enseñanza del piano con todo el rigor que aplican los ortodoxos y la segunda por su desenfadada maestría guarachera y su pasión por sonar la guitarra y darle otra vez hasta sacarle de adentro el secreto que a todos nos une y a todos nos salva. Allí, en su sala de Cárdenas, llena de golondrinas, terminábamos todos exorcizados por el urgente designio de su voz cuando con las manos desmenuzaba la magia.

Pasaron unos cuantos veranos y una vez recuperado de los primeros desengaños de la vida, regresé a la ciudad de Matanzas donde el maestro Rafael Somavilla y la pianista Elvira Santiago, me entrenaron en el laberinto de las escrituras. Mi padre era poeta y a cualquier hora me convertía en testigo de sus discretas emociones y sus extrañas formas. Mi madre era inteligente y muy pocas veces se perdía en observaciones vanas. Con los sonetos que él construyó casi delante de mi y con la invitación oportuna de ella a mirar a un lado y a otro, fui tomando forma y descubriendo algunas verdades y su valor.

Un día me sorprendí escribiendo un poema que después se convirtió en canción y entonces empecé a juntar de aquí y de allá, de lo que había escrito yo con lo que más me gustaba de lo que habían hecho otros y todo eso lo amasé con lo que me habían enseñado mis maestros, hasta que una noche terminé de bohemio en un bar de La Capital cuando todavía no había cumplido los 21 años. Pasado el primer mes me pagaron cien pesos y esa humilde recompensa selló silenciosamente mi destino.

La llegada a La Habana me deparó descubrimientos definitivos. Compositores fuera de serie que por una razón u otra no rebasaban las fronteras del círculo cerrado de la intelectualidad capitalina, músicos que solo el gremio artístico y algún que otro diletante admiraban profundamente. Intérpretes extraordinarios que no trascendían el escenario trasnochado de los cabarets y toda una serie de personajes exóticos que sobrevivían en medio de la amenaza cotidiana del clima de la época. Pintores que en solo ciertas paredes muy atrevidas dejaban verse desnudos y que pagaban su cuota de anonimato por tal desplante. Aproveché la oportunidad que me dio la ciudad para estudiar en una escuela para profesionales y ahí conocí muchas figuras de la música cubana como Enriqueta Almanza, Luis Carbonell, y a través de ellos a Leo Brower, Guyún, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Marta Valdés, Miriam Ramos , Mike Porcel y el reflejo de estos encuentros, fue a la misma vez como un prisma que por ambos lados me conectó con la música como sistema poético. Leopoldina Nuñez, Carmen Godoy, Silvia Turk, Pérez Nieto, Angela Norbert, Lucy Provedo, por solo mencionar algunos que me ayudaron a solidificar un camino por el que no es fácil andar. Con mi voz , mis canciones, con la guitarra y el piano, armé un cuadro sepia que colgué en la galería de los 80.

La televisión me abrió las puertas y parece que nadie se opuso o ya nadie tuvo miedo. Si, porque desde la primera noche del bar en que empecé a pagar el derecho de suelo comprendí que la jugada no iba a ser fácil. El Instituto Superior de Arte de La Habana, fue un período inolvidable de mi vida y también unos años de encuentros memorables. Un taller rodeado de árboles lleno de jóvenes artistas, entregados a la magia de crear. Lejos del centro que lo confunde todo, estaba ese paraíso al cual llegábamos sedientos, andando por la distancia calurosa de la mañana que nos convencía de algo nuevo cada día. En Cuba nunca paré de cantar y siempre me quisieron los buenos. Fui fundador del Grupo Teatro Buscón donde representé obras de teatro clásico, así como del repertorio latinoamericano y del género costumbrista. Con este grupo participé en muchos festivales internacionales de teatro y realicé muchas giras artísticas que fueron la coartada perfecta para empezar a descubrir el mundo.

En una de sus esquinas decidí un día comenzar de nuevo al decir de las canciones y aquí estoy... Tanto tiempo después... buscando en el misterio que se acaba...